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La parashá Behar aborda las leyes de la shemitá y nos ordena dejar descansar la tierra, absteniéndonos de sembrar o arar. Se nos indica que debemos cumplir con esto una vez cada siete años. Aprendemos que la tierra debe descansar, ya que, de lo contrario, se sobreexplotaría y no sería fructífera de forma constante.

Nuestros cultivos y árboles nos sustentan y nos proporcionan lo básico que necesitamos para sobrevivir, como alimento y refugio. Otros elementos esenciales de la vida son la educación, el trabajo y las aficiones. Mientras que las plantas satisfacen nuestras necesidades físicas, estas actividades nos aportan enriquecimiento espiritual, emocional e intelectual. La pandemia de COVID-19 nos obligó a dejar de lado esas actividades. O, como mínimo, a cambiarlas. Aunque este cambio de ritmo fue abrupto y las consecuencias devastadoras, pudimos por fin tomarnos un respiro. Se cancelaron los eventos presenciales y se nos pidió que nos mantuviéramos alejados de otras personas. La ansiedad y la tranquilidad que sentíamos coexistían en nuestra cuarentena. La gente encontró nuevos intereses y estableció nuevas conexiones a través del mundo virtual.

Esto no quiere decir que el descanso no tenga sus inconvenientes. Durante la pandemia aumentaron los problemas de salud mental y muchas personas se sintieron aisladas de su vida social. Del mismo modo, durante este año en el que dejamos descansar la tierra, debemos recurrir a las provisiones que hemos acumulado y esperar que sean suficientes para pasar el año. No obstante, el paréntesis respecto a la vida prepandémica nos ha brindado a cada uno de nosotros tiempo de sobra para reflexionar y crecer. El descanso es bueno. El descanso es necesario. Y aunque nuestro año de descanso llegó en medio de oleadas de devastación, puede que haya un lado positivo en nuestro mundo transformado.

En un contraste bastante marcado con la parashá Behar, la parashá Bejukotai habla de las bendiciones que recibiremos si vivimos nuestras vidas de acuerdo con las normas y expectativas que la Torá nos impone. También señala que, si no seguimos esas normas, seremos castigados con terribles maldiciones. El tema del cumplimiento de las normas y, en consecuencia, de ser bendecidos o maldecidos, tiene su origen en el Libro del Génesis, con Adán y Eva. Aunque volver a un tema del Génesis pueda parecer extraño, tiene sentido porque el Levítico habla mucho de las tradiciones, los rituales y las prácticas que el pueblo judío debe seguir. El tema cierra el libro del Levítico para recordarnos la naturaleza esencial de las normas y los reglamentos. Todas las normas tienen consecuencias, naturales o no, si se infringen. Esto es lo que hemos visto repetidamente desde que comenzó la pandemia.

Al principio, cuando la COVID-19 llegó a Estados Unidos y comenzaron los confinamientos, reinaba una gran confusión y pánico, y a menudo se infringían las normas inicialmente establecidas. Con el paso del tiempo y a medida que la pandemia se prolongaba, se convirtió en algo habitual ver cómo los negocios incumplían restricciones como la obligación de llevar mascarilla o permitían a los clientes comer en el interior de los restaurantes. En cierto modo, podemos establecer un paralelismo entre la parashá Bejukotai, que castiga a quienes infringen leyes importantes, y los gobiernos locales que sancionan a los negocios por poner en peligro la salud pública. Ese paralelismo nos ayuda a comprender hasta qué punto una sola persona puede influir en una sociedad con sus acciones.

Aunque la pandemia está remitiendo poco a poco gracias al éxito de la campaña de vacunación, sigue siendo importante recordar que hay que dejar que la tierra y la vida descansen, y respetar las normas establecidas en materia de salud pública. Es nuestra responsabilidad asegurarnos de que algo así como una pandemia no vuelva a ocurrir jamás, y seguir las directrices que se nos indican.

Shabat Shalom,

Lonestar Shlichim, Abby Seigle y Josh Natelson

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