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La porción de la Torá de esta semana, la primera de todas —la Parashat Bereshit—, narra una de las historias bíblicas más conocidas: la de Adán y Eva. Los detalles de esta historia son de sobra conocidos. Dios creó el mundo, incluidos los primeros seres humanos, Adán y Eva. Se les dio un único mandamiento: no debían comer del Árbol del Conocimiento. Cuando desobedecieron a Dios, tanto ellos como la serpiente que los convenció de comer el fruto prohibido fueron castigados. La serpiente fue condenada a arrastrarse sobre su vientre y a alimentarse del polvo de la tierra. Eva fue castigada con dolor durante el parto, tal y como exclamó Dios: «Multiplicaré tus dolores y tus embarazos». Luego, Dios castigó a Adán con la pena del trabajo. Dios decretó que Adán tendría que trabajar para producir su alimento, hasta el día de su muerte.

Es difícil considerar un castigo que implica tanto dolor como trabajo interminable como algo que no sea, por decirlo suavemente, desfavorable. Pero estas consecuencias, aunque extremas, no son tan inequívocamente negativas como podrían parecer. La historia de Adán y Eva hace algo más que explicar por qué las serpientes no tienen patas; explica el origen de nuestra humanidad. Tener que trabajar para sobrevivir forma parte de ser humano y es una experiencia común que todos vivimos a lo largo de nuestra vida. Es una lucha, pero es una lucha que comparte toda la humanidad.

Sin embargo, esta lucha tiene su recompensa. Lo positivo no existe sin lo negativo. La recompensa no existe sin algo de esfuerzo. Cuando tenemos que esforzarnos por conseguir algo, siempre resulta más satisfactorio que si simplemente nos lo hubieran dado. Además, a menudo valoramos más las cosas buenas de nuestra vida porque suelen ir acompañadas de estrés. 

Encontramos este mismo concepto cuando la Torá nos describe la creación de la luz. La Torá nos dice: «Y vio Dios que la luz era buena, y separó Dios la luz de las tinieblas». Si Dios vio que la luz era buena, ¿por qué no creó Dios la luz para que estuviera siempre presente? Era necesario que hubiera un equilibrio entre ambas, no solo una. No hay luz sin oscuridad, al igual que no hay recompensa sin dolor. En esencia, nuestra experiencia humana no se creó con la creación de Adán y Eva, sino con el castigo de Adán y Eva.

Shabat Shalom,

Hannah Null, coordinadora regional de CRW en Yehudiah

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